Archivo para 12 diciembre 2013

Llamamiento a la neolengua: delegación implícita, la mal llamada abstención

Hoy he leído un artículo bastante interesante (y bien documentado con referencias, he de añadir) en El Diario titulado “¿Qué significado político tiene que sólo el 10% de las personas integrantes de una red participen?” cuya lectura recomiendo.

Como demócrata, lo que me interesa es la representatividad, y que en una decisión participe la mayor cantidad de gente posible. Pero en un ámbito de votaciones más frecuentes, en una democracia más directa, esto es simplemente poco realista. La sociedad está acostumbrada por ejemplo a votar en periodos electorales concretos, y los partidos políticos lo tienen muy difícil cuando intentan movilizar a su electorado fuera de estos momentos.

Cuando sólo el 10% de la gente participa, o cuando incluso en unas elecciones generales sólo un ~50% participaría según las encuestas, la pregunta que plantea dicho artículo es ¿qué significa? No sabemos por qué razón no participa la gente. Podemos elucubrar largo y tendido, pero no dejan de ser cábalas sin fundamentos legítimamente demostrables. Pero una cosa creo que es segura: toda esa gente que no participa, está delegando implícitamente en quienes sí participan – y de forma proporcional a los que sí participan.

Esta delegación implícita es, creo, muy importante. La gente no suele comprender su relevancia. Más allá de las razones de porqué la gente no participó en un proceso democrático, la consecuencia clara es que la voz que cuenta es la que se hace oir. Como dice el dicho: quien no llora, no mama. Esto es un gran problema al que hay que llamar la atención: por poner un ejemplo el partido PPSOE quizás tenga un 60% de los votos emitidos, pero la simpatía a este partido respecto de todos los electores puede ser diferente en proporción. Además, cuanto más abstención delegación implícita exista, mayor puede ser la diferencia. Debido a este sesgo de participación, hay partidos que movilizan más a sus simpatizantes que otros, y por eso en Eslovaquia puede ganar el poder un fascista, gracias a un 75% de delegación implícita, sin que necesariamente la sociedad apoye mayoritariamente a ese fascista.

Por todo esto y con el objetivo de visibilizar el verdadero significado de la abstención, desde este humilde blog hago un llamamiento para desterrar el uso de la palabra abstención y reemplazarla por delegación implícita. Es un llamamiento a la neolengua, sí, a la batalla del lenguaje que vamos perdiendo, y una propuesta creo que justa y adecuada. El fascismo asoma en Europa, y creo que necesitamos un lenguaje realmente más explícito en significado, que responda más directamente a preguntas como las planteadas en el artículo de El Diario (¿qué significado tiene que sólo el 10% participe?).

Otra lectura que tiene todo esto es que cuando los electores confían en que se van a sentir representados por aquellos que sí participan, sienten menor necesidad de participar y aumenta la delegación implícita. Esa lectura a veces ocurre cuando se plantean por ejemplo plebiscitos internos en un partido que por su ideología está claro cual va a ser el resultado. Y esto a veces es peligroso porque se concentra el poder, porque al final participa poca gente y los que lo hacen terminan quemándose muchas veces. Además, a veces los políticos también realizan esta lectura de forma interesada, como cuando Rajoy agradecía a todos aquellos que NO fueron a cierta manifestación, sosteniendo básicamente que confiaban implícitamente en las políticas de su gobierno. Nótese también que ahí hay una sutil pero importante diferencia entre la consecuencia, que es que la abstención implica una delegación implícita, y la lectura política de las razones que hay detrás de la abstención, que son elucubraciones. Las razones políticas de cada abstención sólo las sabe el abstencionista. La consecuencia práctica, que la abstención es equivalente a una delegación implícita, la puede extrapolar cualquiera.

Y es para evitar los peligros que esto conlleva, que como demócrata, lo que me interesa es la representatividad.  Me interesa que en una decisión participe la mayor cantidad de gente posible. Como soy práctico y realista, sé que al final en una democracia más directa y recurrente, la gente va a participar cada vez menos, y no quiero tener que enfrentarme a lecturas políticas de la delegación implícita. Por ello, mi punto de vista es que hay que aprovechar aquellos breves momentos en los que el electorado se moviliza (como por ejemplo elecciones generales), para establecer delegaciones explícitas.

De hecho, elegir a un representante al congreso, o escoger tus candidatos para unas primarias, son ambos casos de delegación explícita. Lo interesante es que sea líquida, revocable y cambiable, para controlar la formación de oligarquías y mantener la representatividad. Y aun digo más: la experiencia en partidos tradicionales como el PSOE o IU me ha formado una opinión en contra la delegación transitiva (delegados de delegados de delegados), y más a favor de la horizontalidad que proporciona la delegación múltiple, donde puedes escoger un delegado y varios suplentes en orden de preferencia. Delegación sí, pero limitada, con fecha de caducidad y no válida para algunas cuestiones como por ejemplo para cambiar el sistema de voto o para elegir delegados/representantes. Necesitamos un sistema de “check & balances”.

Por último, debo precisar que cuando hablo de participación y de delegación explícita o implícita, yo no pienso (sólo) en votar. Es mucho más que eso: escribir propuestas, debatir en listas o mesas redondas, ir a manifestaciones, recoger firmas, organizar eventos, donar a a organizaciones.. hay muchas formas de participar, y por cada una de ellas hay como mínimo una forma de delegar implícitamente, que es no participar. Las formas de delegar explícitamente son más reducidas, y por ahora creo que sólo tiene sentido para votaciones y quizás también para firmas. De cualquier forma, y con el objetivo de reducir el sesgo de participación, recuerda: si no te gusta cómo funciona algo, no te quejes. Participa y arréglalo tú. La democracia cuesta trabajo, y empieza por ti.

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Sobre la Renta Básica Universal

Vivimos en una sociedad donde cada vez hay menos trabajo pero si no tienes trabajo y eres pobre te mueres de hambre. Gente como Bertrand Rusell en su “Elogio a la Ociosidad” ya indicaba que podríamos perfectamente mantener la sociedad con una jornada laboral de 4 horas. Eso era en 1930, con mucha menos automatización que ahora. También de 1930, el influyente economista liberal John Maynard Keynes predijo que para comienzos del este siglo la jornada laboral sería de tan solo 3 horas diarias.

El problema es que el poder sigue concentrándose, y la clase media va desapareciendo. El estado del bienestar ha sido estable durado unas pocas décadas doradas nada más. Ahora mismo hay gente que no trabaja nada y no tiene apenas ingresos, y por contra gente que trabaja mucho. Esto tiene mucha lógica bajo la ley de la oferta y la demanda: hay muchos desempleados a repartir entre cada vez menos puestos de trabajo, por lo que los empresarios tienen mucho donde elegir, y los trabajadores por tanto tienen que apechugar con condiciones laborales y salariales cada vez peores; por cada oferta de trabajo en según qué sector hay miles de candidatos.

Los ingenieros guardamos un secreto a voces: nuestro trabajo es eliminar el tuyo, automatizándolo. Y se nos da bien. Este siglo, los taxis o camiones se conducirán solos. Las casas quizás se impriman dándole a un botón. Podría argumentarse por ejemplo que cualquiera podremos lanzar nuestra compañía de taxis o equivalente, pero lo cierto es que no: aquellos con capacidad para comprar una gran flota de taxis podrán hacer economía de escala, tirar abajo los precios, haciendo de lobby para protegerse de los pequeños empresarios, y sacarlos del mercado. Exactamente igual que está pasando con las eléctricas.

Queda claro que gran parte de los puestos de trabajo están en peligro de automatización, y que tal como está montado el sistema, esto va a generar mucho sufrimiento. La forma más directa para mitigar todo eso podría ser la instauración de una Renta Básica Universal (RBU). Pero tampoco sabemos a ciencia cierta cuales serían las repercusiones. Porque de hecho es muy parecido a aplicar el ejemplo de danigm a nivel de todo un estado: si todo el mundo recibe una RBU que les da para mantener su nivel de vida ¿para qué trabajar? Pero entonces inmediatamente surgen necesidades que simplemente no se cubren. Como los ricos no quieren trabajar, los que se molesten en trabajar lo harán por mucho dinero. En otras palabras:  hay una depreciación de una moneda/inflación, antes el pan valía 1€ y ahora igual vale 10€. De repente la gente ya no es tan rica. La intuición indica que la situación termina estabilizándose en ese aspecto, pero que no es lo mismo comenzar con 400€ que con 4000€ mensuales de RBU. Otra cosa es pensar de donde sacamos el dinero, pero aquí la noción es clara: de quien lo tenga.

Con la RBU se pretende buscar un equilibrio: cubrir las necesidades más básicas pero no evitar que la gente trabaje si quiere algo más. Asegurar una vida digna y conseguir que la gente no tenga que apechugar con condiciones laborales draconianas, sin por ello paralizar todo el tejido productivo. La RBU actuaría como un mecanismo básico de balance contra la tendencia también básica del dinero (y el poder) a concentrarse.

No es una solución mágica. De hecho los que en Suiza andan propugnando la RBU tienen miedo de que se use como excusa para destruir lo poco que queda del estado bajo el argumento: “¿para qué queremos sanidad, educación (o bomberos, policía) pública? que los ciudadanos paguen con el dinero de la RBU a la empresa que mejor crean que les de ese servicio”. El mundo es complicado.