Sociedad, individualismo y empatía: el concepto de responsabilidad social

La mejor sociedad, es la que tiene los mejores ciudadanos, decía Platón. Muchas personas hoy están buscando una excusa para no ir a la manifestación del 12M que se celebra esta tarde. Muchas más aún, ya la habrán encontrado: es que hace mucho calor, es que ya no estoy para estos trotes, es que no sirve de nada, es que está politizado, es que yo vivo de puta madre, es que son unos perroflautas, es que mis padres no me dejan, es que yo no puedo ni votar porque soy menor, es que he quedado…

Resistencia pasiva: mujer parando furgona de los mossos. Recuerda a Tiananmen.

A muchos si quiera les mencionas el tema de la política y comienzan a bostezar, o simplemente te espetan que ellos pasan de la política, que la política es un asco, que son todos unos ladrones y que son todos iguales. Si comentas que estás leyendo o informándote sobre la crisis, se sorprenderán y te preguntarán si estás aburrido, porque al fin y al cabo ya todos sabemos que estamos en crisis y es posible que te pregunten si no tienes cosas mejores que hacer.

Si hablas con ellos un poco más, también es posible que dentro de su honestidad te reconozcan su perplejidad: no lo entienden. No entienden porqué la gente les vota, ni porqué los políticos son tan hijos de puta. Sienten odio, los ven como el enemigo, y si alguien les diese un bazooka no dudarían en utilizarlo contra algunos de los profesionales de la política.

Si no tienen trabajo o tienen uno precario, piensan que los controladores aéreos deberían de bajarse los sueldos porque cobran mucho. También tendrán temor y desprecio de los gitanos y de los rumanos, y en general aunque a lo mejor les cueste reconocerlo no verán con buenos ojos a los extranjeros, que nos quitan el trabajo, roban nuestros coches y se aprovechan de nuestro sistema sanitario. Tampoco habrán dado dinero a la gente que se encuentran por la calle tirada y pidiendo, ni a los pordioseros que en los vagones de los trenes piden limosna.

Probablemente les guste algún reality show: Gran Hermano es uno de los favoritos, pero hay muchos más. Les gustará ver el deporte estrella por televisión con sus amigos y verán el telediario a la hora de comer.

Todo esto que he contado denota una gran falta de empatía por nuestra ciudadanía. Preferimos mirar por lo nuestro, y aplazar el bien común. Es cuestión de prioridades. Lo mismo está ocurriendo en Grecia, donde la gente se manifiesta cada vez menos y resurge el nacionalismo y la xenofobia, con el partido neonazi Amanecer Dorado. Primero mirar por tí y los tuyos: ya se mida la cercanía por consanguinidad, raza, lugar de nacimiento, o costumbres.

La falta de empatía, de mirar por el otro nos lleva al individualismo, a vivir el día a día, a involucionar y hacer lo que ahora nos funciona y ya protestaré cuando no tenga más remedio. Y mientras tanto, el individuo busca excusas, y busca placeres instantáneos, perecederos pero recurrentes, como los reality shows o el fútbol, como la droga y las putas. Se intenta apartar todo lo que sea molesto para vivir alienado en un mundo virtual, otra cosa que por cierto también permite Internet.

Esa misma filosofía nos lleva a la procrastrinación, al aplazamiento de nuestros deberes. El endeudamiento tanto privado como público es uno de los resultados de ello. La relativamente baja asistencia de las manifestaciones con cinco millones de parados es otro de esos casos. El ciudadano se siente como una hormiguita indefensa y sin poder ante un tiranosaurio Rex que representa a los poderosos que mandan.

“Cuando el pueblo teme al gobierno es tiranía, cuando el gobierno teme al pueblo es libertad”, dijo Thomas Jefferson. Estamos en el primer caso: el ciudadano en un mundo individualista se siente aislado e indefenso ante el poder porque no conoce el poder de la unión del pueblo.

Por poner un ejemplo, muchos se pusieron la excusa para no hacer huelga en la última huelga general de un día pensando “Pero una huelga de un día, ¿de qué sirve?”. Y la respuesta es clara: primero que los sindicatos no pueden convocar una huelga general indefinida y que luego nadie la siga, porque pierden toda credibilidad y poder de convocatoria. Por tanto eso debe hacerse sólo en momentos en los que se sepa que va a funcionar o de otra manera como huelgas sectoriales. Y segundo,
una huelga de tan sólo un día si tuviese un seguimiento suficientemente alto, puede ser muy poderosa: demuestra al propio pueblo y al gobierno quien manda realmente. Si todo el mundo hiciese huelga general, en tres días tendríamos elecciones anticipadas.

El mayor problema de nuestro tiempo es una creciente falta de empatía, y la mejor solución es un aumento de nuestra empatía. Hemos de recordar que vivimos en sociedad, y en un momento en el que nuestra sociedad parece que se está desmoronando a marchas forzadas, debemos analizar por qué, y discernir detenidamente entre causa y efecto. Hemos de darnos cuenta de que si vivimos en sociedad y no cada uno en su cueva es porque así juntos lo hacemos mejor, y que si miramos cada uno por lo nuestro, irremediablemente terminaremos volviendo a la caverna.

Como decía Platón y como comenzaba este escrito, independientemente del modelo político elegido, y dado que el pueblo es soberano y lo demás son castillos de naipes, la mejor sociedad es la que tiene los mejores ciudadanos. Y un buen ciudadano es aquel que tiene en cuenta el bien común porque en realidad a largo plazo le beneficia como individuo. De ahí surge la tragedia de los comunes, que consiste en que si cada uno mira primero por lo suyo, va en detrimento de todos, mientras que si se antepone el bien colectivo, y pese a que esto no le convenga de forma local e individual, en realidad sí que le conviene a largo plazo.

De hecho la enseñanza que se puede sacar de la tragedia de los comunes es una de las soluciones al dilema del prisionero: es la solución de mantenerse unidos ante la adversidad. Si nadie saliese corriendo delante de las furgonas de antidisturbios, éstas no les podrían perseguir porque pararían antes de atropellar a nadie. Es duro de forma individual exponerse ante el peligro, pero es una responsabilidad social para con uno mismo.

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